ÁNGELES ORTIZ MENDOZA: LA GUERRERA

Jorge Meléndez Preciado

                Nació en la colonia Guerrero, la misma donde yo vi las primeras siluetas. Su padre, Miguel,  vendía lo que podía, aunque después se dedicó a la oferta de sillitas para niños traídas de Guanajuato. Su madre, María,  era una campesina que seguía a su marido en sus tareas y lo cuidaba de todo mal. Ella era una muchacha morena, de piernas torneadas y mirar picarón, aunque muy seria ante todos los hombres que la asediaban.

                Conocí a Ángeles Ortiz Mendoza en la secretaría de Reforma Agraria. Mi hermano Hugo Tulio, me envió a que pasara ella, su secretaría, un artículo en limpio, en máquina eléctrica. Él escribía para El Heraldo de México, junto con Luis Suárez, los únicos de izquierda en el impreso de Gabriel  Alarcón.  Nos caímos mal pero su atractivo me sedujo.

                Invité a la señorita Ortiz (lenguaje de los años 70) a salir y todo cambió.

                Trabajaba por las mañanas para ayudar a sus padres y en las tardes estudiaba en la Escuela Nacional de Antropología, donde empezó a militar en la célula del PCM, junto con el investigador Alfredo Tecla y otros. Entonces decidió levantarse a las cuatro de la mañana para ir a pegar carteles a las zonas obreras, ya que en el Partido  se contaban con pocos dedos los trabajadores de clase.

                Después, ingresó al Centro de Estudios Políticos de la UNAM, donde estaban Arnaldo Córdova, Octavio Rodríguez Araujo, Raúl Trejo Delarbre, José Woldenberg y muchos famosos más.

                Duró unos años allí y se fue a trabajar a asuntos agrarios del extinto DF. Revivió la publicación que hizo mi hermano: México Agrario, en cuyo primer número colaboraron Ifigenia Martínez y Cuauhtémoc Cárdenas, ambos todavía en el PRI. Sacó adelante la publicación durante un largo tiempo.

                Murió el lunes 6 de marzo  a las 8 de la mañana.

                Veo en su casa un cuadro de Carlos Mérida extraño: un diablo  y un esqueleto  entre dialogando y enfrentándose. Otro, una fotografía, muy de su estilo, que es el fondo de una vecindad con luz brillantísima  en la entrada. Alegoría que  pinta la ilusión de los  jodidos.

                Otra imagen más, de su hijo Alejandro, profesional de la cámara, que la encaminó en dichas artes,  con su silueta de ella, una parte iluminada y otra oscura (¿la vida real de todos?)

                A su funeral asistieron decenas de personas, desde viejos amigos de andanzas: Humberto Musacchio, Joel Ortega Juárez, Rubén Santana y sus hermanas Berta y Teresa; José Luis Ángeles y Lupita; Armando y Martha Barriguete, sus sobrinos; Lorena Velázquez, y un montón más, entre ellos  infinidad de jóvenes. Una, Tania, me platicó las  terapias de sanación de Ortiz.

                En su trajinar, compró un terreno para hacer una casa, el sueño de toda mujer. El Ajusco para estar en las alturas y ver la ciudad. No obstante que era funcionaria del DF, no pudo hacer nada porque se lo invadió el soplón de Carlos Ahumada. Imposible  que se lo regresaran, la señora Rosario Robles estaba en la jefatura capitalina (amor, pasión y transas al unísono). Pero logró a cambio una hermosa casa en la Campestre Churubusco. La cual estaba llena de baúles, macetas y obra gráfica.

                En otro cuadro, don mujeres se miran al espejo, una atractiva, otra refleja la muerte. Carlos Alberto González Palomino, el revolucionario panameño y compadre de Ramón Oviero, el poeta de la misma nacionalidad, le regaló otro dibujo. Caricatura de Magú acerca de la incertidumbre de los campesinos.

                Laboró con Manuel Aguilera y Cuauhtémoc Cárdenas en asuntos agrarios. Fue respetada en los ejidos capitalinos por su honestidad. Nunca se le acusó de ventajosa, aprovechada, desleal a sus principios. Algo que se reconoció aquella noche de velorio. Más bien, muchos lloraron por su partida, aunque otros más dijeron que era necesario ya que luego de siete años de cáncer empezaba a sufrir lo indecible.

                Su hija Lucia, quien fue un apoyo fundamental, único dijo frente a su cuerpo sin vida: “Mi madre me pidió que no hubiera cruces en su funeral, que nadie vistiera de negro, que no la lloráramos sino la recordáremos con alegría y que sus cenizas fueran a regar los campos mexicanos”; además, quiso una bandera del PCM en su ataúd, la cual llevó Joel Ortega al final.

                Puedo añadir muchas cosas, pero diré sólo algunas: Ángeles Ortiz Mendoza fue mi compañera durante más de 15  años, la madre de mis hijos, Lucía y Alejandro, y mi cercana, a pesar de mis locuras e infidelidades, durante otro largo tiempo; nunca se dejó apabullar. Gracias, en serio en este 8 de marzo, día de ellas.

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