BAJO LA PIEL DEL TIEMPO… ANÍBAL ANGULO EN EL PALACIO DE LAS BELLAS ARTES

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Crónicas de un centrícola.

De pronto los muros y salones del Palacio de Bellas Artes se llenaron con los murmullos del mar. Sus mármoles hicieron eco de evocaciones en el canto y chapoteo de las ballenas, uno podía asegurar que se escuchaban con claridad los caracoles y a lo lejos, se podía imaginar el vuelo de los grandes peces espada y de las mantarrayas, danza de imágenes y sensaciones que también quedaron plasmadas en los lienzos de piedra milenarios.

Pero tanto alboroto tenía su razón de ser, era nada más y nada menos que Aníbal Angulo, un sudcaliforniano que hizo teatro, se hizo fotógrafo, luego grabador, pintor, escultor, pero sobre todo un hombre dedicado a la creación estética de la forma, quien entró al salón Manuel M. Ponce del máximo recinto dedicado a las artes en México, con 50 años dedicados a encontrar la estética del mar, el desierto, la sed, el viento.

Y vaya, este episodio en la vida de Aníbal Angulo, un artista plástico de esos que no se dan en maceta, coincidió con la exposición de Toulouse-Lautrec, en un salón contiguo.

“Bajo la piel del tiempo”, es el nombre de la recopilación de su obra que presentó el maestro Angulo, una muestra del punto de vista del artista con las luces, formas, líneas, materiales, texturas.

Y lo que para nadie pasó desapercibido es que el trabajo de Aníbal tiene los ingredientes que permiten que su obra pueda presentarse muy cerca de los murales de Diego Rivera, de José Clemente Orozco, de David Alfaro Siqueiros, de Rufino Tamayo, de Jorge González Camarena, anfitriones de esta presentación.

La obra de Aníbal aparece junto con  las evocaciones Gustavo Sainz, que por allá en los setentas dio espacio estético a la educación sentimental de los mexicanos de esa época con fotografías de Pilar Pellicer, Isela Vega, desde luego que con Aníbal detrás de la lente.

Compartieron la mesa talentos de la poesía y las letras como Eduardo Lagnange, Vicente Quirarte, la curadora Emma García Krinsky y el gobernador Carlos Mendoza Davis, todos en calidad de amigos.

El lienzo de piedra

Aníbal revela uno de sus misterios.

Un día de 1981 acompañé a Rufino Tamayo a ver las pinturas rupestres. Antonio Rodríguez comentaba, pero el maestro no decía nada. Al final lo único que dijo fue ´parece que las pinté yo´.

Esa frase me anduvo dando vueltas en la cabeza durante mucho tiempo. En un principio parecía una frase petulante pero después entendí que lo que el maestro había querido decir era que las formas de esas pinturas eran tan modernas que las pudo haber hecho él. Esta idea me dio vueltas, insistió, hasta que pude hacer un trabajo que llamé lienzo de piedra.

Fue una manera de tomar las formas de ese maravilloso mundo rupestre y trasladarlas a un lenguaje contemporáneo.

La presentación del libro “Bajo la piel del tiempo” se convirtió en un homenaje, una manera de hacer justicia a cinco décadas de trabajo creativo constante. Pero la historia no termina aquí.

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